Exposiciones 2012

La arquitectura que desarrollaron los jesuitas en Iberoamérica estuvo determinada por la diversidad de actividades a su cargo: enseñanza, predicación, catequesis, administración de sacramentos, dirección espiritual y promoción de congregaciones laicas, entre otras. Por ello, aunque mantienen ciertos elementos comunes, la función de cada edificación determinó su disposición interna y brindó características particulares a cada una.

Uno de los espacios más originales es la construcción de teatros. En este rubro, uno de los artistas más reconocidos por su vinculación con la arquitectura teatral jesuita fue el milanés Andrea Pozzo (Trento 1642- Viena 1709). Pozzo se instruyó en un colegio jesuita hasta el nivel de humanidades, pero, debido a su clara tendencia hacia las artes figurativas, fue enviado por su padre al taller de un pintor. Ello no afectó su relación con los jesuitas, una cercanía prolífica que duraría toda su vida. Conforme fue definiendo su talento y su orientación hacia los estudios de perspectiva y composición, empezó a recibir encargos importantes por parte de la Compañía. Sus obras más significativas están sobre todo en sus frescos, tablas y decorados, todos de carácter religioso, ya que profesó un voto de no pintar temas profanos.

Su obra arquitectónica recibe una clara influencia romana sobre sus formas cúbicas yuxtapuestas de manera puramente aditiva, mientras que muestra el influjo teatral en sus fachadas concebidas como bambalinas. En sus magníficos frescos, la arquitectura pintada y ficticia, aunada a la resolución plástica de sus figuras, transforma el espacio y le da al mismo un carácter triunfal. El virtuoso Andrea Pozzo consiguió en todas sus obras dar a la historia representada una presencia rotunda, y gracias a ello generó una sugestión teatral de realidad que afectaría directamente al observador.

Posible acceso al teatro del Colegio Romano de la Compañía de Jesús con decoraciones de Andrea Pozzo, SJ., Roma, Italia. Fotografía de Carlos Villanueva



En esta ocasión presentamos los mecanismos que permitieron la fundación de los colegios. Dentro de éstos, un factor decisivo en muchas ocasiones fue la figura del benefactor. Como ejemplo de ello tomamos a don Melchor de Covarrubias y su aportación al Colegio del Espíritu Santo en Puebla.

Los jesuitas se establecieron en Puebla en 1578, al recibir en donación un predio para abrir una casa; en ella habitaron cuatro sacerdotes, dos estudiantes y cuatro coadjutores; como superior se designó al padre Diego López de Mesa S. J.

La falta de instituciones educativas así como de profesores calificados en la ciudad motivó que el obispo Diego Romano ayudara a la Orden para abrir el Colegio de San Jerónimo en 1579. Al año siguiente, la matricula aumentó de tal manera que se hizo evidente la necesidad de establecer otro plantel. Para ello era imprescindible el apoyo de un fundador. Don Melchor de Covarrubias, quien se había enriquecido con el comercio de la grana y a la sazón era alcalde de la ciudad, ofreció mil pesos anuales, cifra que aumentó a cinco mil y después a 14 000 pesos: “La dotación no pareció bastante para un colegio de la categoría de la segunda ciudad del reino, en el que eran necesarios estudios de todas las facultades”.

El padre Pedro de Morales S. J., sucesor del padre López, retomó la relación con Covarrubias. De esta manera quedó establecida la donación de 28 mil pesos para la fundación del colegio el 15 de abril de 1587. Entre los beneficios que obtuvo el benefactor se cuentan la celebración de misas y oraciones tanto en vida como posteriormente, y a perpetuidad hacerle partícipe de todas las misas, oraciones, disciplinas, ayunos, sermones, confesiones y todas las demás buenas obras que se hicieran en la Compañía. A esto se agrega el derecho de ser enterrado en la mitad de la capilla mayor, con el túmulo y pompa que al fundador le pareciera. Hoy día es posible leer en su lápida:

Hic iacent cineres: vivit vero memoria per ilustris equitis D. D. Melchioris de Cobarrubias, huius ecclesiae et collegii fundatoris insig[ni]s.

Aquí yacen las cenizas, pero vive la memoria del muy ilustre caballero don Melchor de Covarrubias, fundador insigne de la iglesia y del colegio.

Francisco Xavier Alegre S. J., Historia de la provincia de la Compañía de Jesús de Nueva España, México, 1841-1842, tercer tomo, p. 323.

Don Melchor de Covarrubias Escultura en madera estofada y policromada Siglo XVIII Museo Universitario Interactivo Casa de los Muñecos Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, Puebla


A su llegada a América, los jesuitas ya habían fundado 35 colegios en Europa y aplicaron esta experiencia en su labor educativa.

Su primera fundación fue el colegio de San Pablo, Brasil, en 1554; es decir, 14 años después de la aprobación de la Orden.

Esta obra, perteneciente al acervo del oratorio de San Felipe Neri, en Guanajuato, muestra de forma alegórica a Ignacio de Loyola con un grupo de párvulos, entre los cuales es posible advertir diferencias en la vestimenta, lo que nos habla de que pertenecen a varias condiciones sociales.

Vemos separados a niñas y niños, uno de los cuales está frente al santo aprendiendo a persignarse bajo sus indicaciones, mientras dos ángeles que llevan guirnaldas de flores se preparan a premiar a los destacados. El santo porta una vara —¿acaso la utilizada para la disciplina de los alumnos?— Recordemos que en esa época se tomaba al pie de la letra la sentencia: “el que no usa la vara, odia a su hijo”.

Alegoría de san Ignacio como educador


Anónimo San Ignacio de Loyola instruyendo a un grupo de niños novohispanos 151 x 162 cms. Oratorio de San Felipe Neri, La Compañía, Guanajuato, Gto