Colección Bicentenario 2013


SEPT

El siguiente fragmento fue extraído de la introducción del texto de Martín M. Morales, en el libro: La restauración de la Compañía de Jesús en la América hispanolusitana: una antología de las fuentes documentales.

El diario de un testigo: los papeles de Manuel Luengo

 

“Con motivo del primer centenario del restablecimiento de la Compañía de Jesús, la revista Razón y Fe publicó algunos fragmentos del diario del P. Manuel Luengo (1735-1816) testigo del exilio y de la restauración de la Compañía de Jesús. El 3 de abril de 1767 Luengo se encontraba en Santiago de Galicia enseñando Filosofía, allí lo sorprendió la pragmática sanción de Carlos III. Días más tarde, hallándose en la Coruña comenzó la redacción de su diario. Según el P. Lesmes Frías SJ , la escritura comienza como “curiosidad y pasatiempo, no destinada a ser fuente de información histórica para adelante”. Sólo con el tiempo la voluntad de su autor, la comunidad de lectores y los investigadores irán constituyendo estos papeles en fuente. Son las miradas y las preguntas que van cincelando el documento, a la vez que se esconde la tramoya de su narración. El relato crece en las manos de Luengo, la materia íntima e inerme se vuelve peligrosa en la eventualidad de que caiga en manos de los “perseguidores”:
“El estado miserabilísimo en que nos hallamos, los sustos y temores casi continuos en que vivimos, y el cuidado y la diligencia y la vigilancia en averiguar las cosas, el trabajo en notarlas con todo secreto, el afán y zozobra en esconder los papeles, fatigas no pequeñas, sobre las aflicciones y congojas comunes a todos, me inclinaban mucho a abandonar este empeño; especialmente, que no siendo posible que nos dejen a nosotros en paz y quietud, tratando del modo que se ha dicho a los jesuitas del país, se ofrecen a la fantasía, si llegamos a vernos desunidos, secularizados y tirados en el mundo, mil momentos de dificultad y embarazos en proseguir esta obra, nuevos peligros en guardar y conservar nuestros papeles. Y ¿quién sabe si, después de tanto afán, de tantos sustos y riesgos, será todo ella inútil y sin provecho alguno?”
El Diario está constituido por sesenta y tres volúmenes y abarca desde el 2 de abril de 1767 al 30 de septiembre de 1815. A este conjunto, conocido también como Diario mayor, Luengo agregó el Compendio del Diario, cuatro volúmenes, para poder así preservar ante ojos indiscretos el contenido del Diario:
“Para librarme en todo acontecimiento de que caiga en manos de estos Comisarios Reales este Diario, aun en el caso de una sorpresa, hace ya algún otro año que, al mismo tiempo que voy extendiendo este Diario al modo regular, formo un brevísimo Compendio del mismo, poniéndole el título de ‘Diario’. […] De este modo podré tener conmigo este compendio del Diario desde el primer día del destierro hasta el tiempo presente, y servirá para que, en caso de alguna acusación y sorpresa, queden satisfechos de haber encontrado el Diario que buscaban y no hagan mayores pesquisas en busca del verdadero Diario, que estará siempre bien escondido y fuera de mi habitación. Por lo mismo que este compendio sólo ha de servir para deslumbrar a las gentes en el caso de una acusación y sorpresa, no puede estar bien hecho y exacto; porque principalmente atiendo a no poner en él cosa alguna, ni la menor expresión que pueda desagradar a los que tienen poder, aunque se leyera públicamente en la plaza mayor de Roma o de Madrid. Con este método, aunque con algún mayor trabajo, proseguiremos con este nuestro escrito, mientras dure nuestro estado presente.”
El Diario se convierte en archivo donde se clasifica y se secretea, esto es, lugar en el que se hace ostentación de aquello que se ha escondido. Algunos jesuitas que logran leer fragmentos, y pareciera que no se podrá leer otra cosa, no aprecian su modo de declarar la “sincera y pura verdad de los sucesos de la presente persecución de la Compañía”. El Compendio, nace como resumen mostrable no sólo para los enemigos sino también para no “descontentar a sus hermanos”. Así lo relata el P. José del Castillo SJ en su Biografía inédita: “entonces se resolvió compendiar el tal trabajo, conservando los hechos principales y cuidando de evitar las apreciaciones y censuras, sin duda para luego suprimir el Diario primitivo” . El peligro era que los hermanos descontentos por sus apreciaciones y juicios fueran a denunciarlo al Comisario Real: ”Antes de la extinción de la Compañía solamente sabían que escribiese este Diario algunos amigos de toda mi confianza; y esto bastó para que, en las inquietudes del año de setenta y cinco, como se notó por aquel tiempo, se me hiciese la amenaza de acusarme de esta cosa al Comisario Real.” A partir de las acusaciones que le mueven, que escribe “horrores y monstruosidades”, Luengo se vuelve cauteloso: “Por ahora doblaré, si es posible, la cautela y recato, enterrando cuatro varas más debajo de tierra mis papeles y escritos, y poniendo bien a recaudo lo que escribo en dejándolo de la mano. Con el tiempo pensaremos más despacio lo que debemos hacer, si sacrificar todos nuestros papeles, o conservarlos a todo riesgo, tomando nuevos arbitrios y precauciones para nuestra seguridad” . Pero pareciera que no basta ningún cuidado: “¿qué rincón ni escondrijo habrá seguro, ni cómo es posible vivir sin temores y recelos? Para usar toda la cautela que puedo en estas circunstancias, y asegurarme, cuanto sea posible, de que no me arrebaten este escrito, y tenga una grandísima pesadumbre, he escondido, en donde no sea tan fácilmente encontrados, todos mis papeles, y el cartapacio que tengo entre manos, cuando no estoy sobre él, y mucho más cuando salgo de casa, lo pongo detrás de un cuadro que hay en mi aposentillo”
Al Diario y su Compendio, Luengo agregó veintidós volúmenes con transcripciones de documentos, atinentes a la historia de la Compañía: se constituye un corpus que como tal rehúsa a darse en totalidad; unos cien volúmenes que encierran unas cuarenta y cinco mil páginas. La escritura que había comenzado como pasatiempo se vuelve secreta ella misma. El secreto más recóndito no es el que celosamente dice de construir su autor, sino que el que la misma escritura cela. Luengo carga con su Diario a cuestas: de la Coruña al Ferrol, durante las dos meses y medio de navegación en el navío de guerra San Juan Nepomuceno hasta el puerto de Calvi (Córcega). Eguía Ruiz, en 1914, se refiere a Luengo, como “un cronista voluntario, portador de todo su archivo y atalaje” . Luego a Sestri y de allí a los estados pontificios. En Parma quedaron todos los equipajes y papeles de los expulsos, pero no el Diario que viaja siempre con su autor. Los papeles, con destino de cuerpo, por algunos años debieron conocer algún tipo de sepultura. Confiesa el mismo Luengo de haberse “visto precisado muchas veces a tener poco menos que enterrados sus papeles en los tiempos inmediatos a la extinción y algunos años después” .
Para Luengo el Diario debe aleccionar precisamente desde su ser secreto e inaccesible, basta saber que está allí, el documento, el archivo, aunque no se encuentre jamás todo ni se lo pueda leer de cabo a rabo, su Diario es piedra de toque, fundamento, aunque en parte oculto, para la historia. Desde su presente, lanza una cita a los futuros historiadores de la Compañía: “Téngase en cuenta que nosotros no escribimos este diario para imprimirle en el día, ni aun para publicarle manuscrito, y darle, para que le lean, a todo género de personas, sino para que, conservado en secreto, sirva de aquí a un siglo, o medio, por lo menos, para formar una historia sincera de la presente persecución de la Compañía. Pues ¿qué inconveniente habrá en que, después de un siglo, se hable con claridad y sin lisonjas de los que al presente son, como hablan ahora las historias de los que fueron habrá ciento o doscientos años?”
La conclusión de Eguía Ruiz sobre las andanzas del archivo viajero y de su autor son el deseo inalcanzable de iluminar el pasado: ” por fin, oculto [el Diario] mucho tiempo a nuestros ojos, amaneció a nueva luz para alumbrar, por dicha nuestra, estos nuevos horizontes” . Para Luengo en cambio fue una obsesión el esconder lo que con afán y esfuerzo producía. Volvió con su carga a España escondida en el fondo de cuatro baúles, el temor de un control en la aduana de Palamós le obligaron a arrojar “una buena mano de manuscritos al mar”. El Diario cobra vida para Luengo, se incorpora en él: “Durmió conmigo y me hace compañía tan de cerca y tan íntima, que solo podrán encontrarle si me quitan la camisa”
Delante de nosotros se disponen una serie de restos documentales como si tratara de una excavación arqueológica. Será el historiador quien decidirá, para realizar su escritura, hasta dónde llegar, cuál será el estrato estéril a partir del cual, según él, ya no se encontrarán vestigios que interesen a su investigación. Esta decisión será siempre contingente y funcional a las preguntas que animaron sus primeros pasos en la investigación. Los restos delante los cuales se inclina están constituidos por una escritura en la que el acontecimiento no es signo de la verdad sino su producción narrativa. Para los editores jesuitas que celebran el primer aniversario de la restauración de la Compañía algunas páginas se vuelven paradigmáticas otras menos, su presente los determina más que una fidelidad a un pasado.


SEPT

La pieza clave del antijesuitismo español del siglo XVIII: el ‘Dictamen fiscal de expulsión de los jesuitas’ de Pedro Rodríguez de Campomanes

Niccolò Guasti

El desarrollo de la “leyenda negra” antijesuita entre finales del siglo XVI y la segunda mitad del siglo XVIII representa uno de los temas más tratados de la historiografía en los últimos años. En el ámbito de la monarquía española el Dictamen fiscal de expulsión de los jesuitas, elaborado en los últimos meses de 1766 por el fiscal de lo civil del Consejo de Castilla Pedro Rodríguez de Campomanes, representa una etapa importante en la formación de la vulgata antijesuítica, que se reforzó y radicalizó, también en la cultura ibérica, durante el transcurso del siglo XIX.

Los motivos que llevaron a la expulsión de los jesuitas de la monarquía española han sido explicados por los estudiosos desde hace tiempo. El exilio decretado por Carlos III fue la conclusión de una áspera lucha política que, iniciada a finales del reinado de Felipe V, finalizó con la persecución de la Compañía de Jesús en abril de 1767. Durante los primeros años del reinado de Carlos III (1759-1766), los jesuitas contribuyeron a boicotear exitosamente una serie de reformas de carácter regalista que el heterogéneo partido reformista, guiado por el ministro siciliano Leopoldo de Esquilache, había intentado promulgar: especialmente, la intervención de la Compañía se había vuelto fundamental al retardar y por lo tanto descartar un innovador –al menos para la realidad ibérica– proyecto de ley propuesto por Campomanes que limitaba las manos-muertas.


SEPT

Los colegios jesuitas y la competencia educativa en el mundo católico entre el fin del Antiguo Régimen y la Restauración

Paolo Bianchini

“En el momento en el que nos aproximamos a la historia de la Compañía de Jesús alrededor de los años de la supresión y la restauración, pronto nos damos cuenta de qué difícil es hacerse una idea precisa de quiénes fueron realmente los jesuitas a finales del siglo xviii, y de cómo funcionaban sus instituciones educativas. De hecho, las polémicas derivadas de la expulsión de la Orden han contaminado también su historia anterior, haciendo difícil la reconstrucción serena y documentada de su historia dieciochesca. Garantes de la tradición, enseñantes eficaces, así como valientes defensores de la verdadera fe, para unos, para otros los ignacianos encarnaban todos los males de la Iglesia y de la sociedad del Antiguo Régimen y, en particular, eran acusados de corromper y pervertir a la juventud que, ignorante, frecuentaba sus escuelas.

Para mediados del siglo xviii, después de doscientos años de polémicas, lo que parece evidente es que los juicios sobre la Orden ignaciana estaban ya estereotipados. El antijesuitismo había asumido su fisonomía más madura, y describía a los discípulos de san Ignacio como los enemigos de la religión, del Estado y de la moral. Fuertes fueron los ataques dirigidos a la Compañía en los siglos precedentes con obras como la Monita Secreta, las Provinciales de Pascal y la Moral práctica de los jesuitas de Arnaud […]

Por lo tanto, ¿quiénes eran los jesuitas al momento de la expulsión y la supresión? Para permanecer apegados a la realidad y no desviarnos por mitos, es oportuno partir de su organización y de las instituciones que dirigían, para después analizar las actividades gestionadas por la Compañía.”


AGOSTO

Los jesuitas en la formación educativa e intelectual del mundo moderno: génesis y estructura de los colegios (1540-1773)

Antonella Romano

La fundación de la Compañía de Jesús, a mediados del siglo XVI, se vio envuelta en la gran crisis de la cristiandad: crisis en la Iglesia abierta por Lutero, crisis de las potencias europeas tomadas entre las guerras que provocaron el Saqueo de Roma, y crisis intelectual, cuando el aristotelismo filosófico, base de la cultura europea, fue cuestionado. Era una época en la que mientras el papa Pablo III se prestaba a reconocer a la nueva orden fundada por Ignacio de Loyola, Bartolomé de las Casas, de regreso a España, terminaba la redacción de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias.[1] En otras palabras, el nacimiento de la Compañía es contemporáneo a las primeras “crisis de la conciencia europea”.[2] La Compañía de Jesús será también su expresión y su laboratorio.

En este contexto, la cuestión que está en el centro del ensayo toma sentido: ¿qué significó, para la orden fundada por Ignacio de Loyola, el compromiso contraído en el ámbito de la enseñanza? Me parece que esta pregunta presenta un doble interés: por una parte invita a reflexionar sobre las soluciones inventadas por la nueva orden para responder a este compromiso, que incluso permite medir la modernidad de la Compañía, es decir, su comprensión del mundo en el que nace, y en cómo se desarrolló. Por otra parte, introduce la cuestión general de los medios que tuvo que desarrollar una institución religiosa de vocación misional, para convertirse también en una institución de enseñanza; en este sentido, ella se nos presenta como un espejo ante nuestras interrogantes, tanto sobre la formación intelectual y general, como por los retos y problemas que afrontó en el mundo del Renacimiento.

Ed. Madrid, Castalia, col. Clásicos de Castalia, 1999 (1° ed, 1552).

[2] P. Hazard, La crisis de la conciencia europea, Madrid, Alianza editorial, 1988.


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Jesuitas y Universidades en el Nuevo Mundo: conflictos, logros y fracasos

Enrique González González

Entre 1622 y 1767, fecha de su expulsión, los jesuitas abrieron universidades en las ciudades de Mérida de Yucatán, Guatemala, Santa Fe de Bogotá, Quito, Cuzco, Córdoba, Santiago de Chile, Chuquisaca y, mucho después, en Santo Domingo. También en Filipinas. Salvo, tal vez, Córdoba, Charcas y Mérida, dichas instituciones tendieron a llevar una existencia conflictiva y precaria, en la medida en que todas carecían de dotación propia y por sus frecuentes y dilatados choques con las universidades de la orden dominica. Ya antes de su extrañamiento, habían cesado las de Guatemala y Santiago de Chile. A raíz de éste, sólo sobrevivieron Córdoba y Charcas, transferidas al clero secular, si bien la orden franciscana gobernó cinco lustros a la de Córdoba. En lo que respecta a México y Lima, la Orden se encontró con la presencia de universidades reales, erigidas ambas desde 1551. No obstante, ella misma pretendió graduar a sus colegiales, lo que originó sonoros conflictos. Al final, la Corona les prohibió otorgar grados en ambas ciudades. Como trataré de mostrar, la gran fama de los colegios jesuíticos para estudiantes seculares, bien ganada en Europa y en los territorios indianos, no siempre alcanzó a sus universidades.

En el presente trabajo pretendí explicar algunos hitos de esa historia, no siempre feliz. Primero discutí unas cuantas imprecisiones y confusiones de lenguaje que, con su lastre, estorban la mejor comprensión de la estructura de las universidades jesuíticas del Nuevo Mundo y, en general, las de las otras órdenes religiosas. A continuación, me referí al tipo de instituciones surgidas a raíz de la bula de Gregorio XV, de 8 de julio de 1621, los alcances y limitaciones de ese documento y las colisiones que ocasionó con la orden dominica, poseedora de una bula análoga de Paulo V, del 11 de marzo de 1619. Insistí así mismo en que, más allá del alcance de los documentos papales y regios, en cada ciudad las universidades de la Compañía o de las órdenes dominica o agustina, tomaron camino propio, condicionado ante todo por las circunstancias locales.

El trabajo se cierra con el planteamiento de que el relativo fracaso de las universidades jesuíticas no respondió tan sólo a la expulsión, sino, como lo vieron muchos contemporáneos, a que las autoridades de la Orden impidieron su pleno desarrollo como instituciones autónomas en lo financiero, administrativo, académico y en lo tocante a su régimen interno de gobierno. Es decir, que al hacerlas depender en todo y por todo de la Orden, tanta sujeción impidió una saludable consolidación institucional.


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Las bibliotecas de los colegios jesuitas: el mundo del libro y la universalización de la cultura escrita.

José del Rey Fajardo

El marco geográfico de la provincia del Nuevo Reino lo constituyeron las siguientes actuales repúblicas: Colombia, Venezuela, República Dominicana, Ecuador y Panamá, pero estas dos últimas se separaron el año 1696 para crear la provincia de Quito. El marco temporal se inició en 1604 y tuvo su final el año 1767.

Desde el punto de vista del servicio directo de las instituciones jesuitas a las sociedades en la que se insertaban, podemos señalar que hicieron acto de presencia en las ciudades más importantes de las geografías a ellos asignadas. En Bogotá, la Universidad Javeriana y el Colegio Mayor de San Bartolomé; en República Dominicana, la Universidad de Gorjón. En cuanto a colegios, en Antioquia, Mompox, Honda, Pamplona, Mérida, Maracaibo, Caracas, Buga, Tunja y Cartagena. Se conocen las bibliotecas de todas las instituciones mencionadas, con excepción de las tres últimas ciudades. A todas ellas habría que adicionar las misiones del Orinoco o la gran provincia de Guayana, que se extendía entre el gran río venezolano y el Amazonas.

Se estudia el influjo de las bibliotecas en cada uno de los tres estamentos a los que haremos referencia: la Universidad Javeriana, los colegios provinciales cuyas ciudades no pasaban de mil habitantes y las misiones de los ríos Casanare, Meta y Orinoco, cuyos indígenas era ágrafos.

Una de las características que distinguió la biografía de la Universidad Javeriana colonial fue la diversidad de mundos culturales y de nacionalidades que enriquecieron su claustro. El inventario de la biblioteca consta de 2 353 entradas de autores, pero muchas veces cada una de ellas se subdivide en otras muchas, lo cual nos da un total de 3 126 títulos.

De acuerdo con el Índice de los libros descritos tendríamos: Santos Padres: 116 (4.9 %). Expositores: 184 (7.8 %). Teólogi: 183 (7.8 %). Philosophi: 74 (3.1 %). Concionatores: 263 (11.2 %). Canonistas: 292 (12.4 %). Mathematici: 72 (3.1 %). Grammatici: 204 (8.7 %). Históricos: 328 (13.9 %). Vidas de padres de la Compañía de Jesús: 34 (1.4 %). Vidas de santos y santas: 43 (1.8 %). Espirituales: 249 (10.6 %). Medici: 21 (0.9 %). Moralistae: 290 (12.3 %).

Con respecto a los colegios jesuitas neogranadinos podemos afirmar que, guardando las debidas distancias, mantuvieron similares funciones en las pequeñas ciudades en las que de forma abnegada luchaban por implantar la “República de las Letras”.

Pero también la biblioteca jugó un papel decisivo en la cotidianidad del misionero orinoquense. Las soledades en que se encontraba inmerso, así como los largos inviernos que inmovilizaban su actividad por la sabana, lo inducían a la lectura, a la meditación y al estudio.

En la formación de la nueva identidad, la Escuela desempeñó un papel decisivo: la encontramos como siembra de futuro en todas las poblaciones misionales. Pero el plantel educativo abarcaba dos grandes vertientes: una, la netamente pedagógica, que intentaba la enseñanza de las primeras letras entre los indígenas; y otra, que contemplaba la “escuela de música”, la cual conllevaba la presencia de arpas, flautas, violines, clarines e instrumentos musicales utilizados en las actuaciones del coro.

Es indudable que estas escuelas significaron el comienzo de la historia de la alfabetización en la Orinoquia. Y gracias al aprendizaje del castellano entraban a formar parte de la ciudadanía del imperio español, aunque lugares tan ignotos como las selvas de nuestro gran río tardaran en asomarse a la verdadera cultura occidental. Tal como anota Francisco Esteve Barba, gracias al aprendizaje del alfabeto los indios americanos pudieron “liberar a su memoria de sus tradiciones y escribirlas, con plena posibilidad de hacerlo, en el idioma mismo en que habían sido formuladas”.


mayo

LOS COLEGIOS JESUITAS EN LA AMÉRICA DEL SIGLO XIX. TRADICIÓN, CONTINUIDAD Y RUPTURAS

Francisco Javier Gómez Díez

A lo largo del siglo la Compañía de Jesús: la búsqueda de unas garantías de libertad en estados donde se mantienen relaciones de desconfianza, cuando no hostilidad, entre la revolución, que rechaza lo que la Iglesia ha significado en el mundo occidental, y ésta, que condena el proceso revolucionario; la necesidad de captar vocaciones y asegurar, así, el reemplazo de los sujetos y el desarrollo de los ministerios tradicionales: colegios, misiones, congregaciones, ejercicios espirituales, visitas a cárceles…

Los jesuitas se preguntan si tiene sentido sacrificar los otros ministerios a los colegios; cómo pueden organizarse las misiones indígenas; qué frutos pueden obtenerse de las congregaciones de mujeres; si tienen sentido las misiones populares, cuando no puede darse una asistencia pastoral continuada; etcétera.
También se ponen de manifiesto las relaciones que la Compañía mantiene con los laicos y la función que les reconoce en el conjunto de la Iglesia; la dificultad para aceptar una realidad nueva, que ya no está definida por valores e instituciones católicas; etcétera.

En último término, la Compañía se enfrenta a un problema de identidad: la necesidad de definirse a sí misma en relación con el mundo moderno, el sistema implantado por la revolución liberal y el pensamiento ilustrado, y con relación a su propio pasado, hacia el que se siente obligada. Los jesuitas miran, con nostalgia, a la primitiva Compañía y a lo que significó para el mundo americano y, al tiempo, una imagen en gran medida idealizada les dificulta hacer frente con más tres rasgos caracterizan las misiones americanas de XIX originalidad a los desafíos del siglo XIX.

La posibilidad de realizar este trabajo –una mera aproximación a un tema cuyo estudio está en gran medida por hacer– se fundamenta en la combinación de una labor de investigación directa en torno de las misiones desarrolladas por las provincias de Castilla y Toledo con el análisis de los trabajos de otros investigadores, principalmente, sobre las misiones de la provincia de Aragón y las actividades desarrolladas en España.

La documentación jesuita referida, con mayor o menos exclusividad, a los colegios puede clasificarse de la siguiente forma: 1) correspondencia cruzada entre los sujetos; 2) diarios, memorias y crónicas históricas en su mayoría inéditas; 3) los acuerdos entre la Compañía de Jesús y las autoridades civiles y eclesiásticas para el establecimiento de centros de enseñanza; 4) un importante número de detallados planes de estudio, que permiten conocer el contenido de las materias explicadas y su proximidad al ideal de la Ratio; 5) otra cantidad importante de reglamentos, parciales o generales, de casi todos los colegios americanos, donde se recogen sus normas de organización, disciplina y funcionamiento; 6) memoriales e informes de muy diverso tipo (originados por las visitas, enviados a los obispos, a las autoridades civiles o a los superiores), entre los que destacan, aunque su información es muy fragmentaria, los informes de gastos, y 7) información sobre los actos públicos de los colegios (programas, invitaciones, etcétera) y copias de las conferencias pronunciadas y las representaciones teatrales organizadas en estas ocasiones.

Considerando la bibliografía existente, aparte de los estudios sobre la historia de la Iglesia, la Compañía contemporánea y, especialmente, la pedagogía jesuita, es imposible adentrarse en esta cuestión sin partir de la centenaria y utilísima obra de Rafael Pérez, de las incomparables investigaciones sobre la Compañía en la España contemporánea de Manuel Revuelta, de un importante conjunto de crónicas de ámbito nacional, realizadas en su mayor parte por jesuitas, y de los trabajos que hemos realizado o estamos realizando Jorge Enrique Salcedo SJ, Julio Fernández Techerra y yo mismo.